“Papi ¿por qué eres tan chino?”. Aniversario n°5 de la muerte de mi papá.

Desde el día de tu muerte te he escrito sin falta todos los días del padre, todos tus cumpleaños y todos los aniversarios de tu muerte. Son tus fechas y es mi forma de conmemorarlas. Una especie de ritual para invocarte. Pero siempre supe que llegaría el día en el que no pudiera cumplir con ese ritual. O no quisiera cumplir con él. También sé que eventualmente va a llegar el día en el que se me olvide. No creo que me pase con el día del padre porque el modelo económico siempre me lo recuerda, pero sé que en algún momento el 7 de junio y el 8 de diciembre van a pasar y no me voy a dar cuenta hasta varios días después. No pienso que esté mal. No sé si significa algo. Pero me llama la atención ver cómo mi duelo va cambiando. Este junio lo pasé en Chile haciendo trámites. Estuve en la casa con la Dandá, mi mamá y los gatos. No pude escribirte porque tenía demasiadas cosas que hacer y muy poca privacidad y tranquilidad para sentarme a escribir. Me pregunté si, desde alguna parte, estarías molesto por no escribirte. Después recordé que estás muerto y que no puedes opinar nada al respecto. Lo que sí hice fue pensarte mucho. Especialmente porque estaba, quizá, en el mejor lugar para recordarte: en tu casa. Aunque algunas cosas han cambiado de lugar, la Dandá ha mantenido tu oficina casi igual a cómo la dejaste tú. La única gran diferencia es que en tu librero ahora está la urna con tus cenizas. Ese día me puse a revisar tus libros pero no me atreví a tocarlos porque me di cuenta de que la última persona que los había leído eras tú y no quise cambiar eso. Ahora estoy lejos. Mi vida es muy distinta de lo que alguna vez conociste. Quizá incluso más distinta de lo que alguna vez pudiste imaginar que sería. A veces me pregunto qué pensarías de ella y hace poco me di cuenta de que ahora siempre tengo dos tipos de respuestas a estas preguntas: una es la respuesta del papá moderno y entretenido que fuiste durante mi infancia, y la otra es la del viejo mañoso que fuiste antes de morir. Hace poco me acordé de que te estabas poniendo facho y que habíamos empezado a discutir de política. Poco antes de tu muerte, recuerdo haber pensado que nos estábamos desencontrando. Cuando pienso en tí ¿a quién recuerdo realmente? ¿a quién extraño? ¿cuál de todas esas versiones eres tú? Hace poco, también, acepté que gran parte de mi vida la viví con el temor a decepcionarte. Tu opinión era la que más me importaba y, cuando querías, podías ser muy severo. Aunque tu muerte me arrancó un trozo y me dejó un hueco, a veces pienso que ese trozo en realidad era una gran carga. Pocos meses después de tu muerte me atreví a irme de la casa, y a veces pienso que es en parte lo que me permitió lanzarme a la vida que tengo actualmente. Otras veces pienso que quizá estoy siendo injusta con tu memoria. Te habías transformado en un viejo mañoso y medio facho, sí, pero siempre apoyaste mis proyectos y mi felicidad. Quizá no fue tu muerte, sino la terapia. Quizá fueron ambas cosas. Este año, también, he tenido algunos momentos de pensamiento mágico. Conocer al Kyoshiro y construir la vida que tenemos hoy estuvo pobladisimo de casualidades y sucesos improbables. Cuando nos rechazaron de nuestro departamento favorito recuerdo haber pensado “quizá no tiene que ser, quizá es mi papá cuidándonos porque vamos a encontrar un departamento mucho mejor”. Inmediatamente después de esa idea pensé que estaba siendo ridícula. Tu mismo habrías dicho que estaba siendo demasiado cursi. Pero al final efectivamente conseguimos un departamento mejor que todos los demás. Y eso entre muchas otras pequeñas y extrañas fortunas. Mi mamá fue la primera en mencionarlo: “es como si papi los estuviera ayudando”. ¿Eres tú realmente? ¿Puedes ver mi vida de ahora? ¿Qué piensas de ella? Lo último que quiero contarte es que ahora que vivo acá y he podido ver a un montón de viejos japoneses, a veces me pregunto sinceramente si tus ojos chinos y el resto de tus rasgos habrán sido solo obra de tu herencia aymara. No es que importe mucho, pero me parece curioso. La primera vez que mi mamá vió una foto del papá del Kyoshiro casi le dio un ataque porque encontró que era igual a ti. Es verdad que tienen un aire. Se nota que los dos son buenos pa la talla, con el pelo aún muy negro, los ojos rasgados y la ropa juvenil. Cuando le muestro fotos tuyas al Kyoshiro, siempre me dice “parece japonés”. La otra vez me subí al ascensor del trabajo y el oficinista que iba conmigo no solo tenía tus mismos ojos, sino que tu misma boca y hasta tus mismas arrugas. Me pasa mucho que cruzo miradas con japoneses cualquiera y me recuerdan a ti. Incluso a veces, cuando juego con los ojos del Kyoshiro, fascinantes porque son tan distintos de los míos, me acuerdo de cuando era chica y jugaba con los tuyos: “Papi ¿por qué eres tan chino?” te decía, mientras te tironeaba los párpados con mis dedos infantiles. Te pienso siempre. Te extraño. Y te quiero mucho. Cata.